El frasco de la felicidad

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He intentado recordar dónde leí que deberíamos de guardar los mejores momentos vividos durante el año, tal vez en algún artículo de internet. No lo recuerdo. Se trata de copiar en un papelito el buen momento vivido. luego se dobla y guarda en una caja o frasco con tapa, personalmente escogí un frasco de metal donde guardaba hojas de té. No anoté la fecha, ni el mes, eso es opcional.

Finalizó el 2017, y tenía un montón de papelitos con momentos buenos. Los leí el 2 de enero del 2018. Me transporté cada vez a ese agradable momento, que posiblemente hubiese fosilizado en un rincón de mi memoria. Sin querrer ya he olvidado en mi vida tantas cosas buenas en el momento que ocurrieron, y mi percepción no logró detectarlas, ni valorarlas a su justa medida.

¿Y los malos momentos que he vivido? No he necesitado anotarlos, simplemente se me han pegado en la mente como un tatuaje. No sé por qué resulta tan fácil recordar lo malo y lo bueno desaparece fácil en la curva del olvido, sin huella ni interés. Pareciera que tenemos una naturaleza torturada que solo recuerda lo peor. Incluso tenemos dificultades a rememorar nuestros propios logros. Que complicado el ser humano.

Pero… ¿Por qué recordamos mejor los malos momentos? El miedo y el enfado son los mimados de la memoria pesimista. Leía que ya han identificado el mecanismo. Se trata de la hormona noradrenalina, popularmente conocida como hormona de “lucha o huida”, que se libera en las glándulas adrenales cuando estamos sometidos a una fuerte tensión emocional. En el cerebro, dicen los investigadores, esta hormona actúa sobre un receptor, aumentando la sensibilidad química de las neuronas y la fortaleza de sus conexiones. De esta forma el recuerdo se graba “a fuego”. No entiendo por qué este neurotransmisor le gana la partida a la dopamina (motivación) y la serotonina (bienestar).  Debe ser que estas dos se encarga de tantas cosas que no dan a basto (apetito, líbido, sociabilidad, estado de ánimo, movimiento intestinal, paciencia, etc); o de plano, se nos desequilibran los neurotransmisores por no consumir alimentos ricos en triptófano (lentejas, almendras, frijoles blancos, etc), el aminoacido precursor de serotonina, y reforzar la alegría.

Para mí, lo anterior solo confirma que los buenos momentos son la regla, y por eso, los banalizamos. La felicidad no es  un proyecto, es un estado permanente de paz donde hay subes y bajas; y en las bajas tenemos la posibilidad de encontrar alguna solución. Que no la vemos por concentrarnos en cosas negativas, ahí ya son otros 100 pesos. Pasan por mi memoria tres ocasiones del 2017 que me marcaron. La primera fue enero, asistí a un espectáculo de teatro gestual. Me pasé riendo como por una hora sin parar, fue excepcional hasta me dolían los múculos de la cara. La segunda fue en julio, viajé a Nicaragua y disfruté mucho paseando y compartiendo con mi familia. Una tercera, fue la visita de mi amiga Anne que vive al oeste de Francia, me dio tanto gusto verla y abrazarla. Bueno… hay otros más pero solo menciono los que se me vienen rápidamente a la memoria.

Prueben llenar el frasco de la felicidad. A mí, me sirvió para vivir un poco más consciente el 2017 y anclarme más en lo bueno que hay en mi vida. Pienso continuar con esta nueva costumbre en 2018, todavía no sé si cambiar el frasco. A lo mejor compré una cajita más chic, veré. Por el momento uso el mismo y ya le echado los primeros papelitos 2018. Esto es, solamente una forma de no olvidar que la felicidad es un estado permanente y que a pesar de que hay malos ratos, podemos salir más fuerte para disfrutar y eternizar nuestros estados de contento.

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Ver también:

El mirador donde no se miraba nada.

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Bocados de mi tierra

Por Mariangeles Estrada

Nada más agradable que recibir regalitos de mi tierra. La semana pasada mi papá me mandó un paquete de Nicaragua. Al interior habían dos camisetas y para comer una bolsa de rosquillas somoteñas y una bolsita de café presto. Aunque ya no tomo tanto café, no podía resistir a unas cuantas tacitas con sabor al terruño.

Me lo tomé plácidamente sin hablar ni comentar. Quería concentrarme en detalles, como la escasa espuma que se pega a la orilla de la taza, el aroma de las moléculas volátiles que me cambian el humor, el sabor a temperatura elevada. Me embrujó la mezcla rosquillas y café.  Mojar la mitad de las rosquillas en la taza de café para que ablanden un poco, luego morder y masticar suavemente, sin precipitaciones, con grandes emociones.

Gracias padre por acordarte de tu hija pródiga. Espero poder volver a Managua, la última vez que estuve por allá fue en 2013. Ya me hace falta abrazar mi calor, mi gente, mi lluvia, mis ruidos, mi marimba, mi sol.

BALADA CAMPESTRE NICARAGUENSE

Por Mariangeles Estrada

José Antonio Morales LazoAutor de la Balada Campestre
José Antonio Morales Lazo
Autor de la Balada Campestre

La “Balada campestre” es una melodía que forma parte de la música regional nicaragüense. Expresa la magia de nuestro mundo rural, pasible y fresco. Su autor es José Antonio Morales Lazo (28/11/22), granadino, actualmente de noventa años. Todavía recibe amistades y concede entrevistas a pesar de su delicada salud. Fue declarado hijo dilecto de Granada por la Alcaldía gracias a su valioso aporte a la cultura nicaragüense.

De baja escolaridad, nunca tuvo formación musical; sin embargo, se consagró como  cantor y poeta. De niño participó disfrazado en las fiestas patronales, luego fue ayudante del otros personajes representativos como el Indio Pantaleón (Alberto Ferrer – Granada) y el Indio Armonioso (Juan Ramón Bermudez – Diriamba). Más tarde cantaba con tríos y cuartetos en veladas y serenatas. También tuvo una activa participación en radio Sport y radio Granada; no obstante, la música no fue su principal actividad, también se desempeño durante veinte años como obrero industrial en el Industria nacional agricola (INA) y veinticuatro años hasta su jubilación como hojalatero, elaborando canales con láminas de zinc en Molinos de Nicaragua (MONISA).

Al no tocar ningún instrumento, sus melodías las realizaba silbando y tarareando. Autor de un repertorio de cincuenta y seis piezas musicales donde se destacan: “Los caprichos de la naturaleza”, “Canto de los pájaros”“Balada azul”, con la cual rindió homenaje al centenario de la muerte de Rubén Darío. Asimismo, compuso canciones para Granada, como el intermezzo a Lolita Soriano y Orquídeas Ninoska, que ejecutara el gran Rafael Gastón Pérez.

Cerro La vacaFoto de Marlon Vargas
Cerro La vaca
Foto de Marlon Vargas

La “Balada campestre” es un tema creado en 1956. Desde su origen fue conocido como instrumental, sin embargo tres años después fue creada la letra por el mismo autor. La letra es un poema que  expresa la contemplación desde una choza de una tarde campera.  Reavivada con animales del corral, aves e insectos. Se describe la frescura del clima en los bellos atardeceres rurales de Nicaragua. (VER POEMA)En cuanto al nombre hubieron cambios. Cuando solo era instrumental se llamó “Invitación”, después “Meditación indígena” y finalmente, al adherirse el poema a la melodía, se denominó “Balada campestre” como se conoce actualmente. Ramón Trujillo, de Granada, fue uno de los primeros que tarareó y musicalizó la “Balada campestre” y en las cuerdas del guitarrista Armando Morales Barrillas se perfeccionó el fondo musical y se integró como parte de la música clásica nicaragüense. 

Con respecto a la ejecución, encontramos interpretaciones que varían en ritmo y acompañamiento. Es uno de los temas del CD “Un son para mi pueblo” (1983) de Luis Enrique Mejia Godoy y Mancotal. Aquí sobresale el clarinete que dista de la versión del teclado de Frank Fernández en su recopilación “Música de mi tierra” ( Youtube 2010). El maestro Angel A. Fargas la interpreta con la sola guitarra acústica  (Youtube 2009), también podemos apreciar la versión de Los hermanos Carballo, y se impone el acordeón con Los hijos del son. No deja de faltar la expresión coreográfica del ballet folklórico de Haydee López.

En esta ocasión, les presento otra versión que  encarna rítmicamente el espíritu rural de Nicaragua. En efecto, Luis Manuel Guadamuz, guitarrista de Tierra Fértil y director del estudio Guadamusic, nos propone su arreglo de la “Balada campestre” con una deliciosa composición. Introduce la melodía alternando con duo de cuerdas: el requinto magistral del Maestro Milcides Poveda y a continuación la guitarra eléctrica ejecutada por él mismo. Ambos instrumentos asignan una estructura general que agudiza y engalana la escucha. Sobresale el violín de Jeffrey Rubens, quien reviste la melodía de donaire y dulzura, paseándose armoniosamente con el teclado de Edwin Rayo, el bajo de Rigoberto Osorio y la batería de Miguel A. Oviedo.

Atardecer de Amerrique
Foto de Marlon Vargas

Aquellos silbidos y tarareos que inspiraron la balada, a Don José A. Morales Lazo, nos demuestran que somos templo vivos de la música. Esos sonidos del alma, quedaron contenidos en esta nueva versión de Luis Manuel Guadamuz, quien a través de esta composición deliciosa de instrumentos reverdece la tonada y acompaña  los atardeceres rurales nicaragüenses.

Dejando que la luz del sol se desvanezca, en la medida que la melodía comienza, se desenvuelve y clausura con sus mágicas notas.

A continuación la Balada Campestre:

El arreglo musical de Luis Manuel Guadamuz y ‘Tierra Fértil’ y el video con imágenes de Marlon Vargas.

 

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@Estradangeles

Ver también:

Poema de la Balada Campestre.

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