La primera vez que me enamoré

 

capture1Recuerdo la primera vez que me gustó un chavalito. Fue en infantil, en el colegio Arly de Bello Horizonte. Un chavalito redondo por todos lados, casi gordito. Pelo negro, crespo. Colochos humedecidos casi todas las mañanas. Su mirada un poco distraída. Los cachetes lisos y limpios, entalcado alrededor del cuello. Se llamaba Giovani. Huelía a colonia Menen.

Siempre nos sentaban en la misma mesa, frente a frente. Vagamente me acuerdo que haciamos manualidades. Pegar recortes de revistas, cortar cartón, dibujar casitas, animales, etc. Creo que cruzamos palabras dos o tres veces. “Pasame el borrador’, ‘Dame la tijera’. Nomás.

Teníamos la misma lonchera. Aquellas de metal que traían todos los personajes de Disney montados en un bus. Esto hubiese sido motivo para platicar, pero nunca nos dijimos nada. Observabamos con ojos curiosos tal coincidencia como buscando la diferencia. Nos hubiesemos dicho por lo menos: oh, que casualidad‘. Pero no, nada. Me pregunto cómo habrá cambiado con los años, más gordito seguro, o más flaquito. Alto, chaparro. Quién sabe.capture

Ahora que veo películas sobre amor de niños, me hubiese gustado que esta historia hubiese sido más pimentada. Una flor, algunas risitas, darnos las manos, regalarnos un dibujo.

En ese tiempo no le conté a nadie que me gustaba ese chavalito. Me daba mucha pena. No decir nada es típico de la educación, las chicas nos callamos desde chiquitas lo que sentimos. Digamos “discreción“, dale pues. A los niños se les celebra si les gusta una niña, eso es gracioso. Y si dice que tiene novia, desde el preescolar, más risa da. Ahora entiendo mi conducta condicionada, lo veo más claro.

El otro día una amiga me contó que su hijito de 6 años estaba enamorado, preocupada como si se fuera a casar ya. Se espanta de un sentimiento tan tierno y bonito, era de escucharlo y conocerlo, no de censurarlo. Dejemos que la niñez se exprese, sin emitir juicios, sin burlarnos. Son estas emociones también parte de nuestro crecimiento y desarrollo.

Cuando tenemos hijos e hijas, este tipo de anegdotas de amor preescolar siempre existen. Nos hacen recordar las nuestras igualmente llenas de sorpresas, de detalles pueriles, de canciones con campanas y panderetas, olores a leche y galleta.

¿Y vos, cuándo fue la primera vez que te gustó o te enamorastes de alguien digamos, especial, en ese tiempo?

Feliz Día del Amor y la Amistad.

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Esos primeros besos

Referencia de imágenes: Un amor puro, amor de niños. / Loncheras de los 70 y 80

 

 

 

 

Esos primeros besos

El beso del Hotel de Ville
El beso del Hotel de Ville Foto del fotógrafo francés Robert Doisneau

Por Mariangeles Estrada

Mi primer beso lo di a los 16 años. Retrasada porque el promedio de las chavalas de mi generación andaba por los 12 años. Ciertas ya me habían contado sus aventuritas desde los 11. De plano que me estaba lentiando. Aunque siempre en esas cosas del amor tengo un retraso considerable, menos mal que mis reglas nunca entraron en la lista de competencia, seguro me hubiese metido a tremendo clavo. Pero siempre me retrasé un poquito en esos asuntos amorosos: primer beso, primer novio, primeros instantes de pasión, primera cabanga, etc.  Luego me pongo al día con un destacado rol. Todo tiene su momento y también su después.

Los ensayos preliminares de mi primer beso los comencé a los 12 años. Hacíamos fiestecitas deCaptureelbeso1 adolescentes en mi casa con una grabadora de periodista de aquellas que tienen teclas para piano. En cada cassette se escuchaba horrible un coro disparejo de cucarachas. Pegábamos tremendas bailadas. Salsas, merengues, boleros. Todxs bien sudadxs nos refrescábamos tomando alguna limonada. Comenzábamos a las 5 de la tarde hasta las 8:30 de la noche. Terminábamos la fiesta jugando La botellita. Eso se convirtió en un rito.

La botella giraba y a la vez galopaba el misterio de saber a quién le tocaría escoger pareja y besarla. Las chavalas nos dividíamos entre las que basábamos en la boca y las que besábamos en la mejilla. Qué aburrido siempre estaba en el grupo de las segundas por simplonas razones morales.  Claro que las que besaban en la boca le ponían pimienta al ambiente, pues solo con la expectativa del acercamiento físico y el desenlace final del boca a boca ya estábamos alteradxs. Comentar con nerviosismo y falsa discreción si cerró los ojos, si le habrá metido un poquito o no la lengua, si andaba perfumado, si tenía ásperos los labios o si terminan por irse juntos de la fiesta luego de tantos encuentros fortuitos al girar la botella.

La botellita era un juego de exploración de nuestras emociones adolescentes. Nos permitía a personas como yo, tímidas y no muy destacadas de la manada sacar un poquito la nariz del oscurantismo, demostrar que lo intentabamos y que nos gustaría algo más. Un descubrimiento divertido y socialmente aceptado. Incluso los papás y las mamás dueños de la casas donde organizabamos las fiestas, se hacían los de la vista gorda creyendo que todo mundo juega y besa en las mejillas. Ah sí ¿cómo no? Por favor que me consta que hubieron fiestas donde se armaron tremendas chacoviaderas con las luces apagadas. Eran divertidísimas.

Pasé la etapa del juego de La botellita y no me había dejado besar. 16 años cumplidos. Sucedió que en una fiesta del vecindario un chavalo me sacó a bailar varias veces. Tan pronto solo canciones pegaditas en un ladrillo. Lo noté interesado en su silenciosos movimientos. Nunca habló. De tanto bailar pues me terminó preguntando cómo me llamaba. Anotó mi número de teléfono y nos despedimos.

Me llamó varias veces. Parecía valeroso detrás del receptor. Menos ronca la voz. Me dijo que llegara a la kermesse del colegio México que iría a jugar básquetbol. Se alegró cuando me vio. Lo percibí saltando ofuscado echando canastas fallidas y acertadas. Secó el sudor cubriendo su pecho lampiño con una camiseta azul. Me invitó a comer algo pero estaba tan nerviosa que no le acepté nada. Una gaseosa me tomé justo a la mitad. Detrás de un pabellón nos sentamos en unos pupitres destartalados, rencos sin paletas. El típico colegio público con aulas sin puertas ni ventanas. Comencé a ponerme más nerviosa, pensando que se me iba a declarar. Se acercó y me besó. Un solo acercamiento acariciandome al mismo tiempo las mejillas. No hice nada. Apenas pude entreabrir los labios. No me gustó tanto. Tenía una lengua dura y gorda. La movió como un radar. Explorando el interior casi como un análisis dental. La saliva me pareció espesa con un sutil sabor a chicle y comida.

Eso no llegó a más, pues supe que tenía una novia oficial. Yo era solamente un afinque temporal de esos para bailar pegado en una fiesta de sábado, para llenar su agenda con un número más, para ensayar sus dotes de conquistador aguerrido en una mañana soleada de karmesse. Me decepcioné un poco, tan solo me gustaba su pelo liso, sus ojos almendrados, su espalda robusta. Tenía 21 años y era desmovilizado del servicio militar, bonita cualidad para esos tiempos podridos.

Después de ese beso vinieron otros más. Apasionados, desinhibidos, arrebatados. Perfeccionaron mi técnica de besadora y ahí les contaré otra vez porque fueron mil veces mejores que ese banal e inolvidable primer beso de amor.

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