Esos primeros besos

El beso del Hotel de Ville

El beso del Hotel de Ville Foto del fotógrafo francés Robert Doisneau

Por Mariangeles Estrada

Mi primer beso lo di a los 16 años. Retrasada porque el promedio de las chavalas de mi generación andaba por los 12 años. Ciertas ya me habían contado sus aventuritas desde los 11. De plano que me estaba lentiando. Aunque siempre en esas cosas del amor tengo un retraso considerable, menos mal que mis reglas nunca entraron en la lista de competencia, seguro me hubiese metido a tremendo clavo. Pero siempre me retrasé un poquito en esos asuntos amorosos: primer beso, primer novio, primeros instantes de pasión, primera cabanga, etc.  Luego me pongo al día con un destacado rol. Todo tiene su momento y también su después.

Los ensayos preliminares de mi primer beso los comencé a los 12 años. Hacíamos fiestecitas deCaptureelbeso1 adolescentes en mi casa con una grabadora de periodista de aquellas que tienen teclas para piano. En cada cassette se escuchaba horrible un coro disparejo de cucarachas. Pegábamos tremendas bailadas. Salsas, merengues, boleros. Todxs bien sudadxs nos refrescábamos tomando alguna limonada. Comenzábamos a las 5 de la tarde hasta las 8:30 de la noche. Terminábamos la fiesta jugando La botellita. Eso se convirtió en un rito.

La botella giraba y a la vez galopaba el misterio de saber a quién le tocaría escoger pareja y besarla. Las chavalas nos dividíamos entre las que basábamos en la boca y las que besábamos en la mejilla. Qué aburrido siempre estaba en el grupo de las segundas por simplonas razones morales.  Claro que las que besaban en la boca le ponían pimienta al ambiente, pues solo con la expectativa del acercamiento físico y el desenlace final del boca a boca ya estábamos alteradxs. Comentar con nerviosismo y falsa discreción si cerró los ojos, si le habrá metido un poquito o no la lengua, si andaba perfumado, si tenía ásperos los labios o si terminan por irse juntos de la fiesta luego de tantos encuentros fortuitos al girar la botella.

La botellita era un juego de exploración de nuestras emociones adolescentes. Nos permitía a personas como yo, tímidas y no muy destacadas de la manada sacar un poquito la nariz del oscurantismo, demostrar que lo intentabamos y que nos gustaría algo más. Un descubrimiento divertido y socialmente aceptado. Incluso los papás y las mamás dueños de la casas donde organizabamos las fiestas, se hacían los de la vista gorda creyendo que todo mundo juega y besa en las mejillas. Ah sí ¿cómo no? Por favor que me consta que hubieron fiestas donde se armaron tremendas chacoviaderas con las luces apagadas. Eran divertidísimas.

Pasé la etapa del juego de La botellita y no me había dejado besar. 16 años cumplidos. Sucedió que en una fiesta del vecindario un chavalo me sacó a bailar varias veces. Tan pronto solo canciones pegaditas en un ladrillo. Lo noté interesado en su silenciosos movimientos. Nunca habló. De tanto bailar pues me terminó preguntando cómo me llamaba. Anotó mi número de teléfono y nos despedimos.

Me llamó varias veces. Parecía valeroso detrás del receptor. Menos ronca la voz. Me dijo que llegara a la kermesse del colegio México que iría a jugar básquetbol. Se alegró cuando me vio. Lo percibí saltando ofuscado echando canastas fallidas y acertadas. Secó el sudor cubriendo su pecho lampiño con una camiseta azul. Me invitó a comer algo pero estaba tan nerviosa que no le acepté nada. Una gaseosa me tomé justo a la mitad. Detrás de un pabellón nos sentamos en unos pupitres destartalados, rencos sin paletas. El típico colegio público con aulas sin puertas ni ventanas. Comencé a ponerme más nerviosa, pensando que se me iba a declarar. Se acercó y me besó. Un solo acercamiento acariciandome al mismo tiempo las mejillas. No hice nada. Apenas pude entreabrir los labios. No me gustó tanto. Tenía una lengua dura y gorda. La movió como un radar. Explorando el interior casi como un análisis dental. La saliva me pareció espesa con un sutil sabor a chicle y comida.

Eso no llegó a más, pues supe que tenía una novia oficial. Yo era solamente un afinque temporal de esos para bailar pegado en una fiesta de sábado, para llenar su agenda con un número más, para ensayar sus dotes de conquistador aguerrido en una mañana soleada de karmesse. Me decepcioné un poco, tan solo me gustaba su pelo liso, sus ojos almendrados, su espalda robusta. Tenía 21 años y era desmovilizado del servicio militar, bonita cualidad para esos tiempos podridos.

Después de ese beso vinieron otros más. Apasionados, desinhibidos, arrebatados. Perfeccionaron mi técnica de besadora y ahí les contaré otra vez porque fueron mil veces mejores que ese banal e inolvidable primer beso de amor.

 Ver también:

Amo internet

French Kiss

Acerca de Mariangeles Estrada

Bloguera
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3 respuestas a Esos primeros besos

  1. csolisp dijo:

    Jajajaja, a mí no me tocó ir a ninguna de tus fiestas!

    • Qué lástima amiga. Creo que la causa principal fue la edad. Comenzamos a salir y visitarnos con nuestros hermanos cuando teníamos 16 ó 17 años. La Botellita fue entre los 11 y 15 años. Un abrazo, gracias por pasar por aquí.

  2. Pingback: La primera vez que me enamoré | Blog de Angeles

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