NUESTROS CAMPESINOS, TROVADORES DE LA IDENTIDAD CHONTALEÑA.

Este artículo es una colaboración de mi amigo Marlon Vargas, sociólogo y fotógrafo, investigador de Amerrique (cordillera zona central de Nicaragüa)
Una descripción sublime del mundo rural nicaragüense. Que lo disfruten.

A Varguitas, mi padre, noble campesino.

Chontales se esconde entre un mosaico de formas y colores. Resulta fácil dejarse atrapar por sus encantos y vagar por sus rincones donde nuestros campesinos han zurcido momentos llamados vivencias a la identidad de este laborioso pueblo.

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Chinche. / Foto de Marlón Vargas

  

Justo en el filo de la madrugada, cuando los gallos empiezan a cantar, los campesinos en Chontales abandonan sus tabancos para dar inicio a una larga y cotidiana faena. Es el momento de encender el fogón. Sobre candentes brasas se preparará un aromático café o un espeso “tibio” de pinol blanco que seguramente ayudarán a mitigar un poco el frio matutino. Las mujeres muelen el maíz, tranquilas y serenas. Es un arte convertido en ritual. Las tortillas son preparadas con esmero y servidas con un buen trozo de cuajada que ha sido previamente semiahumada en un tapesco que cuelga en el techo de la cocina, propiamente sobre la blanquecina hornilla.

En el pequeño radio que cuelga de un clavo puesto en las tablas que sirven de pared, Pancho Madrigal y Lencho Catarrán relatan cuentos llenos de picardía e ingenio popular. Felipito y Aniceto Prieto van y vienen por El Ojochal o El Galope haciendo de las suyas. Son historias auténticas.

Cada amanecer en tierras chontaleñas está lleno de encanto y embrujo natural. Los campos son arropados por una fría neblina y los arboles parecen mecerse a causa del grato licor del rocío que humedece sus hojas. La salida del sol se vuelve tardía y sus rayos llenan de colores mágicos todo lo que van tocando.

El día empieza en nuestras tierras. El mugir del ganado, el ladrar de los perros y el trinar de los pájaros es una hermosa melodía para quienes cultivan auroras y cosechan esperanzas. Es el momento de arrear las vacas al corral, de limpiar el campo, de cortar la leña, de reparar la cerca y de jalar agua desde la quebrada.1

Nuestros campesinos, en su mayoría, no han asistido a ninguna escuela. La vida misma les ha otorgado durante siglos el aprendizaje necesario para pulir su experiencia, su observación y su plausible reflexión requerida para arraigarse y amar el campo. Ellos saben interpretar una puesta de sol y el canto de un güis que se pierde entre las melodías que dispersa el viento por todos lados. Poesía resultan a sus oídos el correr de tantos ríos y quebradas que traen historias de gente de adentro, historias que cuentan a pesar que sus aguas continúan en una permanente discordia con las duras piedras que habitan en su cauce e intentan detener su rápido e interminable andar.

En estos entornos los campesinos chontaleños han construidos sus pajizas y pobres viviendas. A pesar de los cambios suscitados por la modernidad, muchos de ellos conservan estilos de vidas tradicionales y apegados a los acontecimientos propios del entorno natural.

Cuando dejan sus ranchos para emprender algún menester, nuestros campesinos van siempre tranquilos por los caminos cuyos linderos protegen vastos genízaros y chilamates. Sus pasos cautelosos riman con su incomparable silencio y con una expresión vigorosa en sus ojos. Siempre están prestos a escuchar cualquier sonido de la naturaleza. Por si acaso, su gastada cutacha siempre está presta a ofrecer la protección requerida.

No se avergüenzan de ser campesinos. Son agricultores por convicción, trabajadores por tradición. Ellos sacan los mejores frutos de la tierra. Su arrojo y valentía también los han convertido en diestros campistos. Saben cómo domar un brioso potro y no temerle en un bravo toro. De agricultores a campistos, del rancho a la hacienda, solo media la superable distancia del habito y la destreza.

Hacienda chontaleña. / Foto Marlon Vargas

El día se hace corto para tantos quehaceres. Con la llegada del atardecer, nuestros campesinos contemplan el cielo vestido con sus mejores colores. Es como si engalanara para alguna fiesta.

Cuando la noche comienza a extender poco a poco su oscuro manto por valles y montañas, los candiles son encendidos en cada rancho para evitar que las tinieblas se dupliquen. Alrededor de ellos la familia se reúne para escuchar las historias de espantos y aparecidos que los mayores se empeñan en asegurar que son verídicas. La cegua, la chancha bruja, los duendes y los cadejos reviven los miedos de quienes creen escuchar sus andanzas en cada murmullo traído por los fríos vientos nocturnos que merodean entre las rendijas de las humildes viviendas. Es el momento oportuno para buscar refugio en las tibias sábanas con la seguridad que el sol del nuevo día disipará todo temor y renovará sus anhelos y esperanzas.

Estas vivencias tienen colores sepia pero llevan motivos para amar a Chontales en lo más propio de su naturaleza: nuestra gente campesina. Sus vivencias laboriosas seguramente complacen al Buen Dios.

Con el peregrinaje indetenible de los años, los caminos pueden allanarse y estos estilos de vida pueden perderse en los afanes de la cotidianidad. El tiempo puede destruir y borrar sus historias. Debemos encontrarnos en ellas para evitar que se hagan añicos y sean depositadas en el inconmensurable cementerio del olvido.

 Juigalpa, Chontales. Feb, 2013.

Arboles genizaros. / Foto Marlon Vargas

Acerca de Mariangeles Estrada

Bloguera
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3 respuestas a NUESTROS CAMPESINOS, TROVADORES DE LA IDENTIDAD CHONTALEÑA.

  1. Javier Jiron dijo:

    El articulo esta super bueno;con todo los detalles y descripciones de la vida de nuestros campesinos; Me remonto a ciertos lugares cuando fui a cortar cafe; la verdad este es un mundo de mucho aprendizaje, humildad,fraternidad y sencillez…compartir con esta gente es una gran experiencia para la gente que solo a vivido en la cuidad;Te Felicito Mariangeles por este articulo te quedo completamente inspirador con las fotografias tan naturales que hace tu amigo Marlon.

    • El artículo lo escribió mi amigo Marlon Vargas, las fotos también son de él. Quise ponerlo en mi blog porque es un texto de nivel. Con una descripción magistral del mundo rural nicaraguense. Marlon tiene la sensibilidad para redactarlo y fotografiarlo. Admiro su capacidad para esto;/ Gracias Javier por tomarte el tiempo de leer el texto y por tu gentil comentario. un abrazo.

  2. Pingback: COCINAS DE NICARAGUA | Blog de Angeles

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